Creí que duraría más el dolor. Creí que, por miedo a que volvieras y no te gustase lo que encontraras, permanecería inerte para siempre.
Ni siquiera me atreví a refugiarme en otros brazos, porque sabía que no conseguirían librarme del frío.
No fui capaz de reflejarme en otra mirada, ni probé otros labios que, aunque pudiesen besar mejor, no tuviesen tu sabor.
Esperé, y esperé. Y desesperé.
Y Quizá ya esté, por fin, preparada, para que me abriguen otros brazos que sí me arropen del frío. Quizá por fin haya llegado el momento de permitir que otros ojos se claven en mí.
Quizá ya haya llegado el momento de permitirme ser feliz.
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