Pocas veces existen explicaciones válidas para aquello que nos hace sentir algo tan pleno que nos atormenta el alma.
Un sentimiento que de por sí, ya es ilógico, incoherente, paradójico... puesto que igual que su dolor te mata, da vida a cada uno de tus días.
Es la dulce amargura de amar... y amar... y esperar... y esperar.
Quizá sea el misterio a descubrir qué escondes tras tu invisible e inquebrantable coraza.
Tal vez, esa habilidad tuya de hacerme sentir especial hoy, y una más mañana.
Quizá sea porque me vale la pena sólo por esa milésima de segundo en la que clavas tus ojos en mí...
O quién sabe, puede que sea, tal vez, tu capacidad para, con una palabra desarmar mi mundo, ahora que había logrado recomponerlo desde la última vez.
Después de que aparecieras con esa sonrisa para volverlo todo al revés, convenciéndome una vez más, de lo fuertes que eran tus brazos para sostenerme en alto, evitando que cayera a tus pies.
Y aquí estoy, después de casi un siglo luchando por levantarme desde la última caída, cuando por fin consigo mantenerme en pie, vuelves con más fuerza que nunca, en el momento en el que mi corazón está más débil... y tras aprender que ya no me importa caer, puesto que ya fui capaz de levantarme.
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